Cuando una relación termina-sea una separación, un divorcio o una pérdida profunda- solemos enfocarnos en lo emocional y mental. Intentamos entender, aceptar, seguir adelante. Pero hay algo que muchas veces ignoramos: el cuerpo también vive el duelo.
El cuerpo recuerda. El cuerpo sostiene. El cuerpo guarda lo que el alma aún no pudo expresar. Y si no lo escuchamos, empieza a hablar a su manera.
¿DÓNDE SE ALOJA EL DOLOR EMOCIONAL EN EL CUERPO?
Cada persona lo vive distinto, pero muchas veces el duelo se manifiesta como:
- Presión el el pecho o dificultad para respirar profundo
- Nudo en la garganta
- Tensión en hombros y cuello
- Dolor en la espalda alta
- Cansancio
- Sensación de vacío en el abdomen
No es casualidad. El cuerpo es un territorio emocional.
Cuando una relación termina, no solo se pierde a una persona: se pierde una rutina, un proyecto, una identidad compartida, una ilusión.
POR QUÉ NO ALCANZA CON «PENSAR POSITIVO»
Muchas veces escuchamos frases como: «Ya va a pasar» «Mejor así»
Aunque bien intencionadas, estas frases no ayudan al cuerpo a soltar el dolor. El duelo no se resuelve apurándolo, sino atravesándolo.
El cuerpo necesita:
- Pausa
- Respiración
- Contención
- Movimientos suaves
- Permiso para sentir
UN PRIMER PASO PARA SOLTAR EL DOLOR DESDE EL CUERPO
EJERCICIO CONSCIENTE 85 minutos)
- Postura. Siéntate o quédate de pie con los pies bien apoyados en el suelo. Lleva una mano al pecho otra al abdomen.
- Respiración. Inhala contando 4 retiene 2 y exhala lento contando 6, repite 4 veces.
- Movimiento suave. Con cada exhalación, deja caer lentamente los hombros. Mueve la cabeza en círculos pequeños, sin forzar. Permite que el cuerpo se afloje.
- Palabra ancla. Di en voz baja o internamente: «Puedo soltar de a poco. No estoy sola»
No busques que el dolor desaparezca. Busca habitarlo con suavidad.
LA FE COMO SOSTÉN EN EL PROCESO DE DUELO
La Biblia también reconoce estos momentos.
«Él restaura mi alma; me guía por sendas de justicia…» Salmo 23.3
Restaurar no es borrar lo vivido. Es acompañar lo que está roto hasta que vuelve a encontrar forma.
Dios no nos apura en el dolor. Nos acompaña en el camino.
Si hoy estás atravesando el final de una relación, quiero que recuerdes esto:
«No estas fallando, no estás atrasada, no estás rota».

