Mujer sonriente bailando con naturalidad en un estudio luminoso, disfrutando del movimiento.

«Yo no puedo bailar». «No tengo ritmo». «Eso no es para mí».

A lo largo de mi trayectoria como profesora y coreógrafa, he escuchado estas expresiones muchas veces. Detrás de aquellas palabras había personas que deseaban aprender, pero que no confiaban en sus propias capacidades. Con el tiempo comprendí que, en ocasiones, el primer obstáculo que debemos superar no está en nuestros pies, sino en lo que creemos acerca de nosotros mismos. Y lo descubrí acompañando a mujeres que un día llegaron a mis clases llenas de inseguridad y terminaron bailando sobre un escenario.

Cuando la inseguridad se convierte en una barrera

¿Cuántas veces hemos renunciado a algo que deseábamos hacer simplemente porque pensamos que no éramos capaces?

Quizás alguna vez quisiste bailar, aprender un instrumento, comenzar una actividad física o desarrollar una habilidad nueva. Pero, antes de intentarlo, apareció aquella voz interior que te dijo: «Esto no es para mí». Y así, sin haber dado siquiera el primer paso, decidiste abandonar la idea.

Lo curioso es que, muchas veces, damos por hechos límites que todavía no hemos puesto a prueba.

Algunas personas llegan a una clase convencidas de que no podrán aprender a bailar. Sin embargo, algo que siempre he tenido presente en mi labor como educadora es que una persona no debería definirse únicamente por lo que todavía no sabe hacer. Porque aprender también significa equivocarse, intentarlo nuevamente y descubrir capacidades que tal vez no sabíamos que teníamos.

Primero creí yo en ellas

Recuerdo a muchas alumnas que llegaban a mis clases sin confiar en sus propias capacidades. Algunas estaban convencidas de que nunca podrían bailar. Otras se sentían inseguras, tenían miedo de equivocarse o creían que no poseían las habilidades necesarias.

Pero yo veía algo más allá de sus dificultades: veía personas que podían aprender si se daban la oportunidad. Siempre les decía que, cuando deseamos algo profundamente, ese deseo puede convertirse en el impulso que necesitamos para perseverar, esforzarnos y descubrir nuestras propias capacidades.

Recuerdo especialmente a una alumna que no tenía facilidad para bailar. Aprender cada movimiento representaba un desafío para ella, pero había algo que la distinguía: su perseverancia.

No se rindió.

La acompañé durante su preparación, animándola a continuar, a practicar y a confiar en que podía avanzar. Y llegó un día que nunca olvidaré.

Aquella alumna que había comenzado con tantas dificultades llegó a participar en un concurso de baile.

Cuando la vi, sentí una emoción inmensa. Pensé en todo el camino que había recorrido, en sus esfuerzos y en las dificultades que había conseguido superar.

En aquel momento volví a confirmar algo en lo que siempre he creído: muchas de las cosas que parecen imposibles comienzan a hacerse posibles cuando nos atrevemos a intentarlas.

Pero aquella experiencia también me dejó una enseñanza como profesora.

Al principio fui yo quien creyó en mis alumnas. Después, poco a poco, ellas comenzaron a creer en sí mismas.

Y quizás esa sea una de las satisfacciones más grandes que puede experimentar una educadora: descubrir que su enseñanza no solamente ayudó a desarrollar una habilidad, sino que también contribuyó a fortalecer la confianza de otra persona.

No todos aprendemos al mismo ritmo

Uno de los errores más frecuentes cuando comenzamos una actividad es compararnos con quienes llevan años practicándola. Observamos sus movimientos, su seguridad y su facilidad, pero olvidamos que detrás de esas capacidades también existe una historia de aprendizaje.

En la danza, como en muchas otras disciplinas, cada persona tiene su propio proceso. Algunas aprenden rápidamente una secuencia de movimientos; otras necesitan repetirla muchas veces. Algunas se sienten cómodas desde la primera clase; otras requieren tiempo para desenvolverse con mayor confianza. Y eso no significa que unas merezcan bailar y otras no.

La danza no debería convertirse en un privilegio reservado únicamente para quienes tienen facilidad o dominan una técnica.

También puede ser un espacio de disfrute, aprendizaje y expresión personal. No todas las personas desean presentarse en un escenario, y tampoco necesitan hacerlo. Para algunas, el mayor logro será aprender una coreografía; para otras, moverse libremente al escuchar una canción. Y para alguien que ha pasado años convencida de que no puede bailar, atreverse a tomar su primera clase puede representar un paso muy importante.

La perseverancia también necesita amabilidad

Quiero detenerme en algo que considero esencial. Perseverar no significa exigirnos hasta el agotamiento ni ignorar las dificultades. Significa aprender a avanzar con paciencia, reconocer nuestros progresos y comprender que equivocarnos forma parte del camino.

Como profesora, siempre he considerado importante adaptar la enseñanza a las posibilidades de cada persona, porque no todos los cuerpos responden de la misma manera ni todos aprendemos con la misma velocidad.

El verdadero acompañamiento educativo no consiste en exigir que todos lleguen al mismo lugar al mismo tiempo. Consiste en ayudar a cada alumno a avanzar desde donde se encuentra. Y eso también podemos aplicarlo a nuestra vida.

A veces somos muy pacientes con los demás, pero demasiado exigentes con nosotros mismos. Nos desanimamos cuando algo no resulta inmediatamente y confundimos una dificultad temporal con una incapacidad permanente. Sin embargo, no saber hacer algo todavía no significa que nunca podamos aprenderlo.

Una pequeña invitación para ti

Si siempre has querido bailar, pero piensas que no tienes ritmo o habilidad, te propongo algo sencillo.

Busca una canción que disfrutes y escúchala sin preocuparte por seguir una coreografía. Comienza moviendo suavemente los hombros, las manos o los pies, de acuerdo con tus posibilidades. Después, intenta acompañar la música con un balanceo de lado a lado. Puedes hacerlo de pie o sentada.

No importa si pierdes el ritmo. No importa si tus movimientos son pequeños. Durante esos minutos, evita juzgarte. Simplemente permite que tu cuerpo experimente el placer de moverse.

Al terminar, pregúntate:

¿Cómo me sentí al intentarlo? ¿Qué descubrí de mí? ¿Me gustaría volver a hacerlo?

No necesitas demostrar que sabes bailar. Hoy solamente estás dándote la oportunidad de comenzar.

Nunca subestimes lo que puedes descubrir de ti

A lo largo de mi vida artística he tenido la oportunidad de enseñar movimientos, preparar coreografías y acompañar a muchas personas hasta un escenario. Pero, cuando recuerdo aquellos años de enseñanza, no pienso únicamente en las presentaciones o en los aplausos. Pienso también en las personas que llegaron creyendo que no podían y que, poco a poco, descubrieron nuevas posibilidades.

Porque hay logros que no se miden por un premio ni por la perfección de una coreografía. A veces, el verdadero logro está en una persona que consigue superar el temor de intentarlo.

Quizás tú también hayas dejado pendiente algo que siempre deseaste hacer. Tal vez has pensado que ya pasó tu momento, que no tienes suficiente talento o que comenzar ahora sería demasiado difícil. Pero quisiera compartirte una enseñanza que me han dejado mis alumnas:

No permitas que lo que todavía no sabes hacer te impida descubrir lo que eres capaz de aprender.

No todos tenemos las mismas habilidades ni alcanzaremos los mismos resultados. Pero todos merecemos la oportunidad de aprender, avanzar a nuestro propio ritmo y disfrutar del proceso.

Si hoy necesitas que alguien te anime a dar ese primer paso, quisiera decirte algo: no tienes que ser perfecta para comenzar. No tienes que compararte con nadie. Solo necesitas darte la oportunidad de descubrir hasta dónde puedes llegar.

Quizás no quieras convertirte en bailarina profesional. Quizá solo desees disfrutar de la música, mantenerte activa o encontrar una actividad que te produzca alegría. Cualquiera de esas razones es valiosa.

Y si algo he aprendido durante tantos años enseñando danza es que, en ocasiones, un pequeño comienzo puede abrirnos posibilidades que antes ni siquiera imaginábamos.

Porque, en ocasiones, el primer paso no comienza con los pies. Comienza cuando decides creer que vale la pena intentarlo.

Y ahora quisiera preguntarte:

¿Hay algo que siempre has querido hacer, pero todavía no te has atrevido a intentar?

Tal vez ha llegado el momento de darte esa oportunidad.

En Movimiento y Bienestar creo que la danza puede ser un espacio de aprendizaje, disfrute y cuidado personal. Si deseas comenzar a moverte a tu propio ritmo, te invito a conocer mis clases online de Afro Dance Terapéutico y otras disciplinas adaptadas a diferentes niveles de experiencia.

Milva Dominguez

Movimiento y Bienestar


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